Parte de esto empezó hace muchas noches, yo discutía en sueños con aquella mujer que en otro tiempo admire a ciegas y le cuestionaba la falta de lucha, de visibilidad con el parto, la atención ginecologica y los derechos del nacimiento.
Simultaneamente a ese tiempo supe de CASILDA RODRIGAÑEZ, mi maestra y supe que había un feminismo donde cabiamos yo y mi cuerpo, un feminismo que no negaba el útero, que no negaba la leche de mis tetas, que hablaba de la infamia originaria, el de ser todos y todas huerfanos con madre.
Supe que Casilda no tenia mi edad, que al mismo tiempo que a mi me llenaba la cabeza y yo me la dejaba llenar de estas guerras mujeriles con los hijos, la casa, lo domestico; de que se me mencionaba sin pausa la importancia del trabajo para la mujer y del salir de casa a conseguir dinero, de la elección de la maternidad, de la maravillosa píldora, de la importancia del aborto, había una mujer hablando de la sexualidad femenina como territorio para el amor, la comunidad y lo femenino.
Y supe que feminismo habían muchos, que yo no quería pelear con las mujeres, pero que había muchos feminismo que no hablaban por mi, que no me interesaban, y que considero profundamente anti feministas, feminismos que son y siguen siendo instrumento del patriarcado.
Supe también que yo no era antifeminista, yo, mujer que ama lo femenino, lo matríztico, las fuerzas y debilidades femeninas, supe que también había feminismos que me incluían y que ya no eran estos los discursos de Florence Thomas, ni de Simone de Beauvoir.
Y supe que no estaba sola, supe que en todos los países habían mujeres de diferentes edades, muchas de mi generación encontrando nuevos caminos de libertad, aunque suene a cliché.
Lo que nos hace mujeres es nuestro sistema reproductor, esa cueva roja donde se gesta sangre que sana y cura la tierra, el hambre y las enfermedades de nosotras y nuestra raza, donde se gestan hijos y donde se gestan ideas, amores, orgasmos, donde cabe todo, y es es que mi conciencia feminista es así amplia, rosada, húmeda, uterina.
Cabe la mujer que no desea ser madre, cabe la mujer que no tiene orgasmos, quepo yo que dejaría mi amado trabajo para dedicarme 100% a mis hijas y a hacer terapia a mujeres, cabe la mujer que tiene hijos y le duele ser madre y se conflictua con ello, en mi feminismo cabemos todas, pero no cabemos para enjuiciarnos, como lo hacen ahora estas feministas que dicen que involucionamos las madres felices y aquellas que sentimos y sabemos que nada vale tanto como la crianza.
Cabemos todas para mirarnos en los espejos y entender como el patriarcado entendido como sistema de dualismo y separación, que separa el cuerpo de la mente, lo femenino, de lo masculino, la intuición de lo racional, nos a minado por dentro y mino también a nuestras madres y abuelas.
Pero la lucha no es afuera, nos es con los hombres, ni con nuestras parejas, menos con nuestros hijos y con la maternidad, una lucha es en las leyes, en el respeto e integridad de la mirada femenina en todo lo que a la mujer concierne y la otra lucha es adentro, con nosotras mismas, para permitirnos ser y sentir nuestra voz profunda y escucharnos y entonces decidir.
Cuando yo me tendí el puente, lloré mucho, llore mares, entable una pelea muy dolorosa con ki madre, su feminismo y su ausencia, y desde allí, desde la sinceridad profunda conmigo misma, supe de mi dolor de niña, de mujer, para no engañar a quien más me importa, a mi misma, y me esfuerzo cada día para limpiarme del feminismo retrogrado en mi, ese que me dice que en la crianza de mi bebe, papá y mamá son iguales y yo se que no, se que fui y soy el territorio de mi hija, su alimento (tiene 10 meses y me necesita más a mi que a nadie por ahora) se que amo cocinar para mi esposo y que tengamos flores en la casa y no me peleo conmigo.
Se que trabajo mucho y quiero hacerlo menos, sé que me encantaría ser un tiempo mantenida para hacer tantas cosas que no hago por esa idea arraigada de independencia económica, y que eso no pelea con mi fuerza, con mi valor, se que cuando luche por un parto digno, sane a mi madre y a mi abuela y a mi amada hija mayor y a mi misma y toda esta historia de maltrato ginecológico, se que mi valor como mujer no depende de cuanto genero al mes, ni que tan reconocida soy, se que cuando estoy en casa tranquila con quienes amo, tengo conmigo la fuerza de las hembras del mundo que enseñan amor, sobrevivencia, compasión, fortaleza sin protagonismos.
Se que ya no necesito pelear con feminismos obsoletos, no me representan, no me incluyen, solo me han hecho ruido y me he liberado de su voz en mi interior, sé que ahora construimos muchas mujeres y yo un lugar amoroso para las mujeres, un lugar donde se puede decidir, estar a gusto con quien se es y con el momento presente y donde podemos acompañarnos a ver la sombra, la oscuridad de cada una y cantar y bailar y aullar, para sanar las cueva roja de la madre tierra.